No tengo un recuerdo preciso de la primera vez que la oí. Posiblemente sería al pasar por las cuadras, donde Pablito, el encargado, sesteaba en las horas de calor entre el heno y las mulas. O, quizá, a la vuelta de las rocas, cuando con cañas de bambú nos entregábamos al atávico rito de la pesca. Pero sé que era muy niña y que las notas jugaban saltarinas entre el viento, destelleando y burlándose en ráfagas de colores que subían y bajaban como en un aire pautado. Cierto que salté para alcanzar una, la remolona, y que la emoción me hizo apretar los labios. Casi sin respirar abrí la mano para ver cuál era. Sobre mi palma giraba una corchea, lustrosa y brillante. Las otras, advertidas de mi captura se fueron acercando, y así pude entender su canción. Hablaban de distancias como vientos que apagaban fuegos pequeños, pero encendían los grandes.
“Qué gran tontería”, pensé desde mis muy pocos años, “¿cómo, por más lejos que me vaya, podría apagarme o encenderme un viento?” Enseguida me entretuvo una chicharra -de eso me acuerdo bien, pues la seguí hasta el arroyo-. Caía ya la tarde, olía a manzanilla y espliego y muy lejos ronroneaba un tractor. Me senté en un ribazo desde el que veía a los hombres afanarse en la era. Al mirar el agua me saqué la corchea del bolsillo y le enseñé mi reflejo que chisporroteaba movido por las onditas, “mira ahí”, le indiqué. Si alguien hubiera pasado entonces tal vez hubiera creído que el sol que se ponía había encendido el arroyo; pero si se fijara bien… comprendería que una niña que ardía -porque todos somos custodios del fuego- incendiaba el agua, todo el cielo y hasta el mismo sol.



